El carácter sacro de la actividad médica

Antiguamente no existían normas generales de responsabilidad jurídica, civil o penal para quienes ejercían la medicina. Los que ejercían este noble arte, brujos o curanderos en los tiempos remotos, eran vistos por sus semejantes como hombres en contacto en la divinidad, inmersos en lo sacro; los hombres primitivos veían la vida como un don que expresaba la cercanía de lo divino; por ello tendían a divinizar cuanto la produce o la conserva, y el brujo o curandero (QUE NO BRUJA O CURANDERA, OJO, que más bien eran mandadas a la hoguera) era visto como un ser tocado por la divinidad, un ser privilegiado que gozaba de la más absoluta impunidad en todo cuanto se relacionaba con sus mágicas artes curativas: si el paciente moría, ello se atribuía al designio prefijado por la divinidad, un destino preestablecido. Para los hombres de aquellos tiempos no era imaginable la impericia o el error del brujo en la aplicación de sus métodos curativos, generalmente escasos, obviamente. Y para colmo, las artes curativas generalmente se transmitían de padre a hijo, formando una casta privilegiada, asentada en la autoridad y la impunidad, una casta idealizada. Una casta que se aprovechaba de la baja cultura del resto de sus coetáneos y de las arraigadas creencias para seguir manteniendo un estilo de vida y unos privilegios impensables para el resto de las personas. Era un perfect style life.

El médico, que no era tal, sino un brujo o curandero (aquello por lo que quemaban a las mujeres) era una clase social situada, en su actividad, fuera de toda norma civil o penal, que no tenía que responder jamás ante el juez ni autoridad alguna de los resultados, buenos o malos, de sus actos; él solo respondía ante su conciencia (su poca conciencia, claro).

Ya en sociedades más desarrolladas y cultas, su actividad empezó a someterse a la autocensura, es decir, a normas que él mismo se ponía o que eran propuestas por una figura célebre de la medicina y asumidas por sus colegas, cuyo modelo más exitoso fue el conocido Juramento Hipocrático atribuido a Hipócrates, aunque parece seguro que no fue obra suya. Eran normas éticas, a cuya observancia se comprometían bajo juramento ante los dioses, ante la divinidad.

Este carácter del médico brujo patriarcal, sacro e impune iba a ser difícilmente compatible con las ideas que se impusieron a partir de la Revolución Francesa, que proclamaba la igualdad en la libertad de todos hombres frente a la ley. Más difícil todavía cuando, con el devenir de los tiempos modernos, con la industrialización, el proletariado y sus reivindicaciones llevarían a las sociedades más modernas a exigir al Estado el papel de pater familias, encargado de cubrir todas las necesidades vitales de los grupos más desfavorecidos, o sea, las clases trabajadoras, especialmente en necesidades sanitarias. El Estado acabó por asumir esta función de prestador de los servicios tras años y años de lucha de la clase trabajadora y más castigada por los estamentos, así que los médicos iban a ingresar en la nómina del Estado para cubrir dicha necesidad.  Y fue así, como el colectivo médico, sin darse cuenta, se vio sometido a normas laborales y en igualdad con el resto de grupos.

Esta reducción del médico a la condición de funcionario o asalariado del Estado lo hacía incompatible con su anterior status privilegiado, sacralizado, paternalista, sometido a sus propias normas éticas e inmune a toda responsabilidad. Se había convertido en un trabajador más, que requería de formación específica para ello, sometido a las mismas normas y leyes que el resto de trabajadores, cargado de abundantes responsabilidades.

En la actualidad (supuestamente) nadie pone en duda que el médico, en el ejercicio de su profesión asume una responsabilidad legal. Pero esta responsabilidad profesional, hoy innegable, se ha producido muy lentamente en el transcurso de los tiempos y aún a día de hoy estamos con una lucha constante para que la profesión del médico pise el suelo y entienda que la seguridad del paciente está por encima de cualquier otra vicisitud con la que tenga que lidiar. El ego de los profesionales de la medicina complica la depuración de responsabilidades en multitud de ocasiones, pero cada vez más familias afectadas, profesionales abogados, asociaciones de afectados y juzgados y tribunales estamos consiguiendo que alcanzar depurar responsabilidades médicas por eventos adversos evitables o errores médicos no sea una quimera o asuste tanto a las familias que lo dejen pasar por alto. Gran parte de la comunidad sanitaria trabaja constantemente para que la seguridad del paciente sea el eje principal de la calidad asistencial e investigan formas de acabar con los eventos adversos que acaban en negligencias o malas praxis.

La ginecología y obstetricia es una de las especialidades donde ese paternalismo e impunidad de antaño seguían muy presentes hasta que desde hace unos años para acá la lucha se ha hecho más activa por parte de embarazadas y profesionales comprometidas con los derechos de las embarazadas, los derechos en los partos y con acabar al fin con la violencia obstétrica, que aún sufrimos cada día. Para muestra la noticia que ayer el Diario de Sevilla publicaba. Os copio enlace:

INDEMNIZACIÓN MILLONARIA POR NEGLIGENCIA MÉDICA CONTRA EL SAS

«Los hechos se remontan al 5 de febrero de 2015, cuando la madre acudió a un centro hospitalario público, tras romper aguas. Permaneció ocho horas en paritorios, donde se sintió abandonada. Cuando fue sometida a una cesárea urgente ya era demasiado tarde para su pequeña. La sentencia reconoce: «La cesárea fue tardíamente indicada y practicada, produciéndose un sufrimiento fetal agudo con hipoxia-isquemia, presentando la nacida a los 30 minutos de vida quejido y aleteo nasal, característico de esa falta de oxigenación, ratificado por el perito».

El caso es que nadie está libre de pecado, y la comunidad médica tampoco y sentencias como ésta en que se valoran adecuadamente las secuelas a la bebé con una indemnización nunca antes vista en España y dado el abandono sufrido por su madre en el momento del parto (ésta es otra modalidad de violencia obstétrica) , son sentencias ejemplo de que los tiempos están cambiando y de que la seguridad del paciente está por encima indiscutiblemente de egos y cualesquieras otras circunstancias. Este tema enlaza perfectamente con el tema de los partos en casa o debajo de un puente si la mujer quiere, porque como vemos a diario quienes nos dedicamos a esto: la violencia obstétrica traducida en negligencia médica causa daños y lesiones en hospitales echando por tierra toda esa parrafada de que parir en un hospital es más seguro. En este caso, en un hospital, con supuestamente todos los medios al alcance y un ecógrafo marcando FCF patólogica, no se hizo nada para intentar paliar los daños del bebé. ¿Qué diríamos de esta señora si hubiera querido parir en casa? ¿Qué está loca y se merece lo que le ha pasado? Algo así, ¿verdad? Pues, resulta, que como al 95% de las mujeres, las lesiones a ella o al bebé se las han causado en el hospital. Porque recuerdo: en España no tenemos un problema de mujeres que quieran parir en casa, tenemos un problema de violencia obstétrica en todas sus formas en los hospitales.

  • Referencias «Responsabilidad Civil y Penal del Personal Sanitario». Editorial Sintesis.

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